A qué y a quiénes me aferro— Fabián Tapia || #hijodeletras

Las personas fueron creadas para ser amadas, las cosas fueron creadas para ser usadas. La razón por la que el mundo está en caos es porque las cosas están siendo amadas y las personas están siendo usadas.

—John Green, Buscando a Alaska.

NO soy una persona que se permite aferrarse a las cosas. Mucho menos a las personas. Al momento de dejar ir a alguien, lo dejo ir y borro de mi casete todos sus recuerdos. Punto. CONSEJO: hay algo llamado memoria selectiva. Traten de desechar todas las memorias que no quieran. Si no son ustedes los encargados, el tiempo podría hacerles una mala jugada.

Volviendo a este tema: la felicidad la encuentro siempre en dejar ir y en dejar entrar. Y no, no es por citar a los liberalistas de mercado, es para expresar que en esta vida de poseer, hay algo más valioso que un objeto que da cuenta de tu riqueza. [O alguien, como veremos más adelante]. Ah, pero, por favor, no nos olvidemos de los objetos que nos dan otro tipo de riqueza.

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Sí, hay riqueza intelectual, Kardashians. Las personas, en especial mi mamá, siempre han cuestionado por qué mi compra compulsiva de libros. [Mamá, ojalá algún día leas esto. Te prometo que no son groserías a Dios]. Resulta que para mí un libro representa los amigos que jamás pude tener, los lugares que jamás he visitado, las ideas que no son mías, las voces que se apagaron pero que ahí quedaron registradas en el papel, y, lo más importante: el ambiente en el que me hubiera encantado vivir. [Te hablo a ti, Hija de humo y hueso. *Cries in Quimérico*].

Lo que nadie puede negar—espero—es que, el hecho de poseer un libro en físico, significa poder hojearlo y releerlo cuando quieras. Es como un amigo a quien le puedes hablar después de mucho tiempo y jamás te guardaría rencor.

¿Pero a qué más se aferra hijodeletras? Me aferro también a las cámaras que me ayudan a guardar *en un óleo un atardecer*[1] , a los boletos de avión que me conectan con una familia aparentemente olvidada, a las computadoras— y a sus benditos teclados—  que responden a mis impulsos creativos, a los cuadernos que guardan mis ideas  literarias (y muchas ideas que si alguien leyera, marcaría a la policía sin dudar), a los lugares que generan recuerdos, a los árboles, a las flores, las canciones, etc, etc, etc. Todo lo bello.

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¿Y en cuanto a personas? Definitivamente me aferro a los que se aferran a no perder, a los que se aferran a dejar ir, a los que se aferran a aprender, a decir no, a decir sí cuando es sí, a los aventureros, a los frescos, a los que discuten, a los que respetan y se respetan, a los que alzan la voz cuando se tiene que alzar, a los que no callan la boca —sino que cosen la boca—, a los que hacen arte y hacen de mi amistad un arte, a los que no se pierden estrellas o atardeceres conmigo,  a los que no despiertan envidias mis triunfos, a los que escuchan mis poesías, a los que inspiran y retan y me destrozan para que no me destrocen otros. A esos Fabián Tapia se aferra.

 

 

[1] Referencia de “PAOLA O EL RENACER DEL MAR”

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